Episodio #170 · 26 de marzo de 2006 · narra 1920–1983
La influencia del arte mexicano en los artistas puertorriquenos y el retrato de Juan Rulfo
Con la participación de Francisco Rodón.
Sobre este episodio
El programa examina cómo el arte mexicano de la primera mitad del siglo XX —el muralismo de Diego Rivera, Siqueiros y Orozco, y luego la obra de Rufino Tamayo— marcó a una generación de artistas puertorriqueños que peregrinaron a México, entre ellos Rafael Tufiño, Julio Rosado del Valle, Antonio Martorell y el propio Rodón. Con una beca otorgada por Inés María Mendoza, Rodón viajó a Ciudad de México en 1955 y, en lugar de acercarse a los grandes muralistas que lo intimidaban, se hizo único discípulo de la pintora María Izquierdo, quien le enseñó a pintar al óleo —de forma insólita, con gasolina— y posó ella misma como su primer modelo. Rodón evoca la calidez maternal de Izquierdo, su vínculo con Antonin Artaud y Rufino Tamayo, su muerte apenas tres meses después, y el retrato que Rodón hizo de la actriz cubana Carmen Montejo. La conversación repasa el legado plástico mexicano, desde las raíces prehispánicas hasta el mecenazgo de coleccionistas como Dolores Olmedo, y se detiene en Rufino Tamayo, a quien Rodón considera uno de los grandes pintores del mundo. Recuerda la visita de Tamayo y su esposa Olga —oriunda de la sociedad matriarcal de Oaxaca— a su casa en Puerto Rico, y destaca el mural Prometeo que Tamayo pintó para la biblioteca de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras, comisionado por el rector Jaime Benítez. La segunda mitad narra la odisea del retrato de Juan Rulfo. Engañado por el pintor Cisło, que le aseguró falsamente que Octavio Paz posaría, Rodón enfrentó una semana de humillaciones ante la arrogancia del poeta, que se negó a ser pintado. Fue José Luis Cuevas quien le ofreció el "antídoto": Juan Rulfo. Entre 1981 y 1983, Rodón pintó al autor de Pedro Páramo, un hombre tímido, atormentado por el alcoholismo y por la pregunta recurrente sobre por qué había dejado de escribir. Conversaban de ópera, no de pintura, y Rulfo le confió una revelación literaria: que Gabriel García Márquez tuvo acceso al manuscrito de Pedro Páramo mientras se gestaba.
Momentos
«Sin Pedro Páramo no existiría Cien años de soledad. Y Juan Rulfo, que nunca habla mal de nadie, me dijo lo siguiente: cuando yo estaba escribiendo Pedro Páramo, García Márquez, que había venido de Colombia, se mudó cerca de mi casa y tuvo acceso a todo el manuscrito de Pedro Páramo.»
— Francisco Rodón · ▶ 46:48
«Me dice: óyeme, Pancho, ¿tú has visto alguna vez en tu vida una paloma muerta? Y yo le tuve que decir: no, Juan Rulfo, yo no he visto nunca una paloma muerta. Porque me dice que él tampoco. ¿A dónde van a parar? ¿Dónde van esas palomas que mueren?»
— Francisco Rodón · ▶ 45:30
«Mire, pintor, yo siento mucho todo lo que ha pasado. Ahora, lo que le sorprende es lo decente que es usted conmigo. ¿Por qué usted no me insulta, no me dice la realidad de que se siente ofendido conmigo, y es un hombre tan decente?»
— Francisco Rodón · ▶ 35:28